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La vida que entra por los ojos

Voyeurismo: conducta caracterizada por la contemplación de personas desnudas o realizando algún tipo de actividad sexual. Eso dice el diccionario general. En el individual, anoto que para mí es el deleite de contemplar la intimidad del otro. Sí, me deleita observar la otredad (los que son diferentes de uno, o sea, todos los demás).

Entonces digo que, desde que tengo memoria, soy voyeur. Me encanta ir por la calle a la hora ciega y ver el interior de las casas: en las ventanas pasan películas domésticas del género verité.

La tarde parda y los focos prendidos me dejan ver las salas familiares, con sus cuadros, carpetitas, vitrinas con adornos de porcelana. Los comedores minimalistas con solitarios leyendo el periódico. Una habitación a oscuras, que apenas perfila las sombras de los muebles y la luz azul-morada del televisor que dilata quién sabe cuáles estroboscópicas pupilas.

Me gusta ver a la gente cuando no se siente observada. El METRO es de mis espacios favoritos para hacerlo. Una mujer va haciendo cuentas con los dedos (¿no le ajustará el gasto?, ¿enumera los días desde la última regla?). Un chavo canta sin hacer ruido, amparado en sus audífonos. Pocas cosas tan hermosas como seguir la mirada de un niño que quiere abarcarlo todo. Polvo acumulado en los zurcos de la frente de una anciana.

La gente no se da cuenta, pero deja caer tanta belleza en automático. Justo lo opuesto a la pornografía: intimidad hastiada de simulación, los movimientos se saben vistos. Por eso las telenovelas nunca serán “como la vida rial”: los malvados hacen sus fechorías mientras sonríen a la cámara, los protagonistas se mueven mientras oímos sus pensamientos con música de fondo.

En cambio, los novios que se besan en cualquier zaguán, perdidos uno en la boca del otro, transpiran erotismo fucsia.

Entre las estampas de mi voyeurismo trashumante tengo dos de la categoría Oro. Una ocurrió hace algunos años, en Manhattan. Hospedada en uno de esos roperos que dan por llamar cuarto de hotel, frente a un edificio de oficinas, estrecha calle de por medio. Oteando por la ventana, de pronto los vi. Un Él y una Ella-Rubia. A medio des-vestir. Abrazados en la oficina, beso inacabable. De pronto se separaban, algo se decían, se sonreían. Más besos.

La otra es del Censo pasado. Me tocó ser encuestadora. Así, pude ir de casa en casa, colonia Cuauhtémoc, calles de los Ríos. Con absurda gorrita de cartón y delantal desechable para identificación del INEGI, lo mismo visité una señorial de 17 habitaciones en donde vivía una anciana y sus dos asistentes, que un cuarto de azotea con una familia de ocho, justo a la vuelta de la mansión de la dama sola.

Cada ventana, de cada construcción, hilvanadas en continuidad, justo a la medida del 24 por segundo. Tanta vida ajena que al verla se vuelve propia.

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3 Comentarios

  1. Hola Mildred!

    En una ocasión tuve oportunidad de ver un reportaje por TV de un fotografo de nombre Gregory Crewdson.

    En sus fotos, el artista trata de mostrar esas historias que todos llevamos dentro y que de alguna forma son vistas por otros, como mencionas en tu texto sobre la experiencia del metro, por ejemplo.

    En la entrevista por televisión, Gregory cuenta que la influencia viene de su padre quien era psicoanalista y tenia su consultorio en una de las habitaciones de su casa, por las que espiaba de niño. De ahí que su trabajo tenga cierto voyerismo.

    Creo que así como tú, o como Gregory, todos tenemos algo de voyeristas por esa necesidad que tiene el ser humano de comprender su propio entorno, aunque creo que este se da de manera inconsiente.

    http://www.luhringaugustine.com/index.php?mode=artists&object_id=66

    Saludos!!

    twitter/titamo_Izguerra

  2. Sé de un buen psicologo =D

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