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Cabaret Pánico

Nunca había pisado una cárcel, vaya, ni siquiera un Ministerio Público; la televisión y el cine me habían dado una imagen creada con patrones repetitivos que, sin estar tan equivocados, asomaban un poco las formas de cómo es que se vive dentro de esos lugares, donde muchos deben pasar cierto tiempo o de plano ver el fin de sus días en encierro como castigo por el mal cometido. Yo podía imaginarme esas rutinas leídas en algunos textos, pero siempre trazando una línea dictada por la compasión, porque a veces se prefieren los actos benévolos antes de los que muestran realidad.

Pero esas ideas mías cambiaron el sábado pasado. Asistí como invitado del Foro Shakespeare a la Penitenciaría de Santa Martha Acatitla al estreno de “Cabaret Pánico”; puesta en escena dirigida por Itari Martha y que está basada en textos de Alejandro Jodorovsky.

Once actores, once internos, once razones distintas para integrar una pequeña compañía teatral (o al menos esa es la intención) que funcione como una válvula de escape para tanto sentimiento contenido. No sólo las ganas de reivindicación, de liberar culpas y de pensarse de nuevo como parte de una sociedad que está detrás de las paredes a las que se han tenido que acostumbrar por años y que los señala siempre.

Pero vi más que la obra. Cuando llegamos a la penitenciaría, nos recibieron por una entrada distinta, la “administrativa”; nos revisaron credenciales y yo (rompiendo todo protocolo ya avisado y que olvidé por completo) rompí las reglas y fui vestido con un par de los colores prohibidos: negro, azul, gris, blanco. No hubo problema alguno, entré. Después, a quienes asistimos como invitados, gente de prensa y miembros del staff del Foro Shakespeare, y después de un par de filtros más, nos condujeron al Aula Magna dentro del edificio administrativo. Esperamos unos minutos y entonces nos conducen al teatro del penal.

Sorpresivo y lacerante. De pronto estábamos ya dentro de la penitenciaría, no en área administrativa, si no en los pasillos, en la explanada y en los talleres donde algunos internos hacen un esfuerzo por rehabilitarse, como dicen las autoridades. Las condiciones de vida que se observan a bote pronto, por completo fuera de contexto si lo que se espera es que quienes son ingresados, salgan con una visión distinta a la que los llevó ahí.

Supuse que era día de visita, por todos lados había familias completas: papá, mamá e hijos. Niños pequeños quienes se acostumbran a que su padre sólo puede verlos un día a la semana. Señoras visitando a sus hijos que se asustan al ver cámaras de televisión y se esconden torpemente dentro de esas mismas cuatro paredes. Nos reciben raro, un par de gritos y consignas, algunos con curiosidad, otros de inmediato asoman agresividad; sí, imagino que por algo están ahí, pero ahora esas razones se convierten en su única defensa para un mundo que está afuera y que los odia. Para algunos los muros que los encierran no son tan fuertes como el muro que ellos mismos se construyen para volverse impenetrables.

La función, impactante. Los textos que se eligieron para esta obra tenían una función específica: liberar a quien los ejecutaba. Irónicamente, para estos once reos, la oportunidad de montar una obra teatral donde tuvieran la oportunidad de imaginarse de nuevo como una parte de la sociedad que construye, los llevó a una libertad que no habrían encontrado en la calle. Qué extraño y qué bien. Porque muy a pesar de las condiciones en que ellos deben cumplir su condena, lo lograron; aunque escuchemos tantas cosas de quienes están a cargo de ellos, en los pasillos se escuchan cosas distintas, esas que lo hacen a uno preferir dibujar esa línea de compasión.

Injusto por tanto. Miedo, mucho; perdón, no me imagino que alguien ingrese y no deba incorporarse al estilo en cómo se usa y obtiene el poder que, al final de cuentas, les significa su integridad. ¿La rehabilitación? Esa seguro está dentro de los manuales de procedimientos y en algún dejo de esperanza de la mayoría de los internos que ven en ella su única alternativa para regresar a las calles. Pero lo que se ve así, de pasadita, son ganas acumuladas y la certeza de que han perdido el respaldo de prácticamente todos, incluso de quienes los tienen a su cargo.

De ahí que la obra se convierta en un logro impresionante. Itari Martha nos platicaba que esta era la primer obra que se realizaba dentro del penal, pero no así el primer intento. Cuando ella inició el proyecto junto con Luis Sierra, lo primero que escucharon de los internos interesados fue: “pero ustedes no nos van a abandornar”. Y no, no lo hicieron; fueron diez meses de trabajo donde tuvieron que aprender a convivir antes que a enseñar.

El lic, Rivas, El grañas, Michel, Joselito, El negro, Mares, Chi Uck, Fidel, Isra y Machorro; representantes de una comunidad distinta; que odiamos y nos enoja, con la que quisiéramos no convivir nunca, pero también, una comunidad que asoma rápido prejuicios, todos, reflejo de miedos y carencias que vienen de ambos lados de las rejas.

No diré mucho de la obra, no más de lo que ya mencioné; aunque sí deben saber que forma parte de la cartelera abierta del Foro Shakespeare y aún tendrá seis funciones más dentro de distintos penales del Distrito Federal. Y aunque la mayoría de las localidades estarán asignadas a internos y sus familiares, habrá algunas disponibles para el público del Foro, quienes serán trasladados al lugar donde se realizará la función.

En Twitter: @alanulisesniniz

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