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El sueño de Aminta

Despertó, pero la mañana era la más fría del invierno en la ciudad de México. Todo parecía más distante, confuso y triste, se dijo a sí misma tras abrir las cortinas un momento. Todo era ausencia en la calle. Por eso Aminta tardó en decidirse en levantarse de la cama. Cada uno de los muñecos de peluche de su habitación le pidió reposar hasta después del mediodía entre las cobijas. En la televisión sólo había malos programas de animación, noticias infames y sólo quedaba ponerse a conversar con sus amigos de Twitter.

Enciende un tabaco. Las flores de sus jóvenes amantes acompañaban la soledad de su habitación. Las flores de esos héroes asesinados por el olvido. Al fin, semidesnuda y ebria de pensamientos tristes se levanta. Prende el estéreo, pone un disco y regresa a la cama. Nada la hace más feliz que quedarse allí mientras piensa en que todos están absolutamente locos por el trabajo. Enfermos de trabajo. Desquiciados. Mientras deposita las cenizas de su cigarro en un semiesfera de vidrio color sepia hojea el cuaderno donde la noche anterior escribió:

La mariposa muere y nace
en otra larva de viento.
Deseo morir haciendo el amor
quedar exhausta de pasión
que me salgan alas
para perderme
entre eyaculaciones
y orgasmos.

Aminta volvió a dormir tras terminar de leer en silencio su poema. Soñó, que en efecto, era la mariposa más hermosa que desaparecía entre aleteos de deseo.

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